Levantar alas como águilas...

2 Crónicas 7: 15,16

01.12.2009 11:50

"De ahora en adelante escucharé con atención las oraciones que se hagan en este lugar porque he escogido y consagrado este templo como residencia perpetua de mi nombre. Siempre lo cuidaré y lo tendré presente". 2 Crónicas 7: 15,16
 
Esas fueron las palabras que Dios le dijo a Salomón cuando éste termino el templo en Jerusalén. Fueron palabras de pacto entre Dios y su pueblo pues Él estaba prometiéndoles que estaría por siempre al cuidado de sus necesidades. La casa que Salomón levantó para el Señor fue un edificio físico pero ahí moraba la presencia de Dios. Eso fue hace miles de años; pero, hoy, el templo de Dios, donde mora su presencia, somos nosotros.

Es maravilloso entender que esas palabras de Dios son para cada uno de nosotros. Él, en su infinito amor, decidió que su residencia perpetua estaría en nosotros. Somos casas, templos del Espíritu Santo de Dios. Él estará siempre pendiente de sus hijos, de las súplicas, de las oraciones que emanan de nuestro interior; sus cuidados, su protección, sus bendiciones estarán de continuo en nuestras vidas pues sus misericordias son nuevas cada mañana. Él lo prometió y sus promesas son para siempre.

Sin embargo, Dios no habita en todos los seres humanos. A Él le gustan las casas donde su Santo Espíritu lo impregna todo; a Él le gustan las personas que siempre lo están honrando, exaltando y glorificando; a Él le gustan los hijos que le obedecen y que encaminan sus pasos en la dirección que les señala el Espíritu del Señor. Dios se retira de las casas donde mora el pecado; se aleja de las personas que viven en la carne y no en el Espíritu. Él anhela a los de corazón limpio, a quienes reconocen su pecado, se humillan y piden perdón por sus faltas. A esas personas, Dios las ama entrañablemente y de inmediato, entre Dios y el hombre que se arrepiente, se establece "una reconciliación.

Tengamos cuidado de lo que hacemos, de lo que decimos, de lo que pensamos porque para Dios no hay nada oculto. Si cometimos alguna falta, si avergonzamos a alguien pidamos perdón pues Él siempre está dispuesto a perdonar; pidamos ayuda al Espíritu Santo para que, en su inmenso amor, podamos ser transformados en nuevas y mejores personas y que, en nuestro interior, el Señor viva en la mejor de las casas donde se le rinde, todos los días, honor y gloria.

Que el Señor los bendiga.

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Lilliana María Incera Villalta

lincera03@hotmail.com

San José, Costa Rica

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